Nos encanta hacernos daño, coger todos los recuerdos, los malos o los buenos, los que duelen, los que se añoran,que queman en el alma y hieren en el corazón y traerlos al presente,coger esa canción desde su primera nota hasta la última,leer cada frase que te eriza la piel, y sentirlo de nuevo, empañar en lágrimas tus ojos, mientras humedeces con ellas el papel que lees.
Adoramos sentir ese dolor, ese frío y temblar,de miedo,de ansiedad, disfrutamos encerrados en nuestras habitaciones, abrazando nuestra almohada, tumbados en el suelo dejado que su temperatura recorra todo nuestro cuerpo, incluso a veces solo nos abrazamos de ese dolor y esos recuerdos, coges tu caja de pañuelos y tus penas, agarras todas las fuerzas escasas que te quedan y las amortizas en un largo y sufrido llanto, y lloras,así,en el suelo, con tu almohada, tus paredes siempre espectántes, esa cama que siempre te espera y esa manta que siempre te abriga.
Buscas por alguna parte un peluche, una carta, un video, un sonido, algo, que te haga sonreír, recuperarte, algo que haga subir tus ánimos y parece ser que dentro de tu habitación no existe nada de esto, ni un solo recuerdo que te dibuje una sonrisa y si lo hace, es de añoranza, nada, no hay nada que te haga volver en ti, nada que te ayude a abandonar ese sentimiento, te persigue y no te deja escapar, pero te gusta, te encanta,te pone, te excita, te alucina,te sorprende y te sigue gustando. Sí y se llama dolor y sí, duele, mucho, pero sí, te encanta.
Y como a ti, a todos, flipamos cogiendo todo lo que nos duele y retorciéndolo, llevándolo a su extremo para hacernos si cabe mas daño y herirnos si aun podemos todavía más, cavar hondo en esa cicatriz para hacerla inmensamente profunda y dejarnos marca para así poder seguir con ese juego,el de recordar ese daño y volver a empezar.
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